La libre decisión del orden de los apellidos abre la puerta a una reflexión del papel de la mujer en la familia y en la cultura mexicana

El Congreso del Estado aprobó ayer diversas modificaciones a la Ley para la Familia de Coahuila, mismas que permitirán, entre otras cosas, que los padres puedan decidir libremente el orden de los apellidos en el nombre de sus hijos, es decir, que no sea más la ley la que determine si es el del padre el que debe aparecer en primer lugar.

La modificación realizada al ordenamiento jurídico local hace eco del criterio establecido en octubre pasado por la Suprema Corte de Justicia de la Nación, al sentenciar que las parejas tienen la libertad de decidir el orden de los apellidos de sus hijos.

La medida forma parte de las políticas que se han venido implementando en los últimos años en nuestro país para garantizar la auténtica igualdad entre hombres y mujeres consagrada en el texto de nuestra Constitución.

Se trata de una modificación que podría considerarse nimia, pero que reviste la mayor importancia porque su trascendencia va más allá de la posibilidad de invertir el orden “normal” de los apellidos en el nombre de una persona para cuestionar conceptos fuertemente arraigados en nuestra cultura.

Las ideas en las cuales se inspira una reforma como ésta tienen que ver con el hecho de revisitar conceptos que, debido a su largo uso, han sido “normalizados” por la sociedad al grado de no cuestionarse ya si el origen de los mismos tiene una carga discriminatoria y/o sexista.

Es el caso justamente del orden de los apellidos en una sociedad como la nuestra cuya tradición en este sentido deriva de las reglas establecidas por los romanos hace más de veinte siglos.

En efecto: la tradición romana indicaba que el núcleo de la sociedad eran los pater familias, es decir, las cabezas masculinas de cada grupo familiar al cual se identificaba por el apellido del patriarca quien era, además, el único que podía poseer bienes y heredarlos, con la salvedad de que los herederos tendrían que ser sus descendientes varones.

La razón histórica para que sea el apellido paterno el que aparezca primero en nuestros nombres forma parte de los cimientos de una sociedad machista en la cual la mujer estaba prácticamente relegada al papel de “cosa” y su valor como ser humano era mínimo.

No se trata ahora de invertir los papeles, desde luego, sino de colocar a hombres y mujeres en igualdad de condiciones a fin de que sea su voluntad la que se refleje en el acta de nacimiento de su descendencia. Cabe esperar, desde luego, que entre las parejas se registre una decisión libre que permita realmente hablar de esta reforma como un elemento de progreso.

En este sentido, siempre vale la pena hacer hincapié en el hecho de que las reformas legales por sí solas no consiguen transformar la realidad, pues son sólo un instrumento para facilitar el tránsito hacia una sociedad más igualitaria. Por ello, habrá que evaluar periódicamente el impacto que esta modificación tendrá en la sociedad coahuilense a partir del momento que entre en vigor.