Quien labora en el asilo debe tener una verdadera vocación de servicio. Foto: Vanguardia/Marco Medina
Gracias al cobijo de El Ropero del Pobre, decenas de ancianitos llevan una vida digna, donde la atención y el cariño es lo que más sobra
Yo aquí soy muy feliz, quienes me cuidan para mí son como mis hijas, me dan cariño, atención, siento como si todos los que están aquí fueran mi familia, nadie se lleva mal, hacemos actividades y me gusta estar aquí, cuando me muera yo quiero dejarles una carta donde les exprese todo mi agradecimiento, porque han hecho mucho por mí, yo pasé por muchas penas, pero en este lugar me siento seguro y en confianza”,
Don Santiago, anciano usuario de El Ropero del Pobre

Por: Sandra Naal
Fotos: Marco Medina

Atender a ancianos desamparados, otorgándoles atención integral a sus necesidades; brindándoles albergue, alimentación, atención a su salud, además de actividades espirituales y recreativas; proporcionándoles una vida digna hasta el momento de su partida.

Santiago González va a cumplir 100 años el próximo mes, aún está muy lúcido, platicador y bromista, pero ya ha pensado en cuál es su último deseo para cuando llegue su adiós: quiere escribir una carta de agradecimiento para quienes lo han cuidado los últimos cuatro años.

Aquí, en el Asilo encontró un lugar donde lo hacen sentir en familia y en quienes confía por sobre todas las cosas.

Al igual que don Santiago, hay muchas personas de la tercera edad bajo el cobijo del techo del Asilo El Ropero del Pobre, que lleva 50 años albergando a adultos mayores en situaciones precarias.

Fundado por la señora Marisol Valdés Dávila de Udave, quien ante su carácter siempre altruista fue reconocida en 1996 con la Presea Saltillo que otorga el Ayuntamiento de la capital del Estado; actualmente está como directora de esta institución su hija Paulina Udave.

El asilo en un principio fue responsabilidad de religiosas y luego Marisol Valdez Dávila se hizo cargo de recibir y apoyar a las personas de la tercera edad a quienes se les brindó un hogar.

Este lugar guarda cientos historias, unas tristes y otras, las más, felices. Don Santiago nos contó la suya.

Él decidió vivir en el asilo porque no quería que sus hijos lo cuidaran, pues dice que ellos ya tienen su vida y que no quiere estorbarles, y aunque querían velar por él, tomó la decisión de quedarse en el asilo, donde se siente tranquilo y en compañía, pero eso sí, su familia no se olvida de él, siempre lo visitan.

Tranquilidad. Don Santiago González prefiere estar en el asilo que con su familia. Foto: Vanguardia/Marco Medina

Sus hijos en realidad son sus nietos; su única hija se los dejó y él se dedicó a cuidar de ellos, pero lo hizo solo, pues su esposa falleció a temprana edad, los educó y les dio estudio, por lo que se convirtieron en hombres de bien que ya están casados y tiene hijos.

“Yo me quise quedar aquí en el asilo, porque no quiero incomodar a mis hijos, ellos ya tienen su vida, sus cosas que hacer, ellos me decían que me quedara, pero prefiero estar aquí. Al principio nada más me traían unos días y luego volvía con ellos, pero llegó un momento en el que les dije que prefería quedarme para siempre en el asilo y ya tengo como cuatro años aquí”.

Don Santiago dice que él es un hombre que ha sufrido mucho, pues se quedó viudo cuatro veces; aún no entiende por qué le ocurrieron todas esas desgracias. Pasó hambre, pérdida de empleos y de familiares, siempre tuvo que esforzarse mucho; trabajó en varios estados, hasta que se estableció en Saltillo, pero siente alivio, porque ahora que está en su vejez, es feliz, sabe que sus hijos tienen una buena vida y ahora se encuentra en un hogar donde le dan cariño y lo hacen sentir parte de una gran familia.

Lento paso del tiempo. La soledad es la compañera de algunas huéspedes del asilo. Foto: Vanguardia/Marco Medina

“Yo aquí soy muy feliz, quienes me cuidan para mí son como mis hijas, me dan cariño, atención, siento como si todos los que están aquí fueran mi familia, nadie se lleva mal, hacemos actividades y me gusta estar aquí, cuando me muera yo quiero dejarles una carta donde les exprese todo mi agradecimiento, porque han hecho mucho por mí, yo pasé por muchas penas, pero en este lugar me siento seguro y en confianza”, dice con una sonrisa.  

UN HOGAR PARA LAS ALMAS ABANDONADAS

Aunque a don Santiago sí lo visitan sus hijos, la mayoría de las personas que se encuentran en el asilo son adultos mayores que están solos, nadie ve por ellos (sus familiares). Al envejecer fueron olvidados por su familia y abandonados, otros nunca se casaron ni tuvieron hijos, por lo que no hay nadie que se acerque a ellos.

En el corazón de la ciudad. Medio siglo tiene ya este refugio para personas de la tercera edad. Foto: Vanguardia/Marco Medina

La directora del Asilo Ropero del Pobre, Paulina Udave, explica que hay historias muy tristes, pero que en el asilo, todos los que ahí colaboran se encargan de dar amor y atención a las personas de la tercera edad, pues son seres que han librado muchas batallas y merecen el respeto de todos.

Quien labora en el asilo debe tener una verdadera vocación de servicio.

Pero en El Ropero del Pobre no sólo se les da cariño, también se les da atención médica, todos los cuidados necesarios para los adultos mayores, además de actividades de recreación que les permita sentirse útiles, como manualidades, baile, e incluso les cumplen sus sueños, como lo hicieron hace poco con una pasarela que realizaron para las señoritas del asilo que deseaban caminar por una pasarela, modelando un lindo vestido.

HAN PASADO POR MOMENTOS DIFÍCILES

Luego de haber sido hogar para cientos de adultos mayores, en el año 2014 el asilo se vio en una situación complicada, pues necesitaban con urgencia una remodelación, ya que los techos y paredes del edificio se encontraban muy deteriorados.

El proyecto para remodelar costó más de un millón de pesos, actualmente se encuentra concluido en su totalidad, pero en aquel entonces todos los que formaban parte del asilo estaban preocupados, pues no contaban con el dinero suficiente para lograr concluir los trabajos, lo que puso en riesgo el hogar de los adultos mayores.

Era urgente terminar, pues la seguridad de las personas de la tercera edad estaba en riesgo, pues el edificio ya no era 100 por ciento seguro.

Por fortuna y luego de mucho esperar un milagro, se logró concretar la obra e incluso se pudo hacer un lugar para poder llevar a cabo eventos especiales, todo fue por los donativos de la gente, asociaciones y empresas, que es de lo que se sostiene el asilo.

NECESITAN DONATIVOS

Las necesidades en el asilo nunca terminan, siempre hay algo que se requiera para poder atender a los adultos mayores, por ejemplo, se necesitan pañales, leche, comida, ropa y voluntarios que acudan a hacerles compañía a los ancianos o a impartir algunas actividades, además de donativos monetarios.

Actualmente el asilo atiende a 70 ancianos residentes entre hombres y mujeres, se cubren integralmente sus necesidades, además de brindar atención a otros 40 adultos mayores, que aunque no residen en el asilo, reciben mensualmente apoyo de despensa y medicamento, entre otras cosas.

Ubicación: Las instalaciones del Asilo El Ropero del Pobre datan de 1967.
Antiguamente era el Colegio Zaragoza.
Atiende a 70 ancianos residentes y a otros 40 a quienes otorga medicinas y despensas. 
Dirección: Hidalgo sur no. 637, en la zona centro.
Teléfono: 844 412 87-42
Correo Electrónico: asiloroperodelpobre@hotmail.com

 

Por si quieres ayudar:
En el Asilo del Ropero del Pobre requieren pañales, leche, alimentos no perecederos, ropa y hasta voluntarios que vayan a hacerles compañía a los ancianitos.

 

Convivencia. En el Asilo Ropero del Pobre siempre hay una mano amiga. Foto: Vanguardia/Marco Medina