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El célebre premio nobel de Literatura visitó la Ciudad de México, en donde recibió un Doctorado Honoris Causa y habló sobre la censura; VANGUARDIA estuvo presente.

John Maxwell Coetzee no respondió el teléfono cuando la Academia Sueca le informaría que había ganado el premio Nobel. El comité del laureado premio, fue incapaz de encontrarlo para avisarle que había dejado de ser una persona común, para ganarse un lugar en la historia. El hombre se enteró, como todos los todavía mortales, al otro día por la mañana.

Pero este año, el inlocalizable, el apenas entrevistado Coetzee, cimbró México como el gigante que es. La magia, consistió en que los académicos de la Universidad Iberoamericana lo invitaron a dictar la conferencia magistral en el Coloquio “Filosofía y crítica social en la obra de John Maxwell Coetzee”. Lo que empezó como una tarea imposible, en un ir y venir de correos electrónicos,se materializó este 5 y 6 de abril cuando recibió el Doctorado Honoris Causa de la Ibero Ciudad de México, Puebla, Tijuana, el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, el Instituto Superior Intercultural Ayuuk y la Universidad Loyola del Pacífico por su contribución excepcional en el campo de la filosofía

Los verdaderos ganadores de que el escritor no dejara “en visto” a una de las universidades más prestigiosas del país, fueron quienes escucharon su discurso sobre la  censura, eso que él ha renombrado como la “pasión por silenciar”. En un país donde parece que no se acaba de entender que la verdad no se mata, matando periodistas, donde el presupuesto para la difusión artística es nada comparado con el gasto electoral, la voz de Coetzee y sus roces con el silencio obligado, parecen dar aliento y resucitar el ánimo de la libertad.

Y es que para hablar de esperanza, este hombre se la juega de manera confusa, muy cruda y valiéndose de lo más terrible y puro del ser humano. “En Desgracia”, su novela más aclamada sobre Sudáfrica después del Apartheid, el autor describe la vida de un profesor que renuncia a su trabajo después de que se hace público su affair con una joven estudiante. David, el protagonista, huye con su hija a una pequeña granja. La chica es violada por tres hombres y resulta embarazada. 

El paralelo entre una Sudáfrica tratando de construir esperanza en medio de la confusión social se vuelve claro cuando David le pregunta a Lucy si puede amar al niño. Ella le contesta: “¿Al niño?, No. ¿Còmo podría? Pero lo amaré. El amor crecerá-uno puede confiar en la madre naturaleza para eso. Yo estoy determinada a ser una buena madre. Una buena madre y una buena persona. Tú también deberías tratar de ser una buena persona.”

El tema fundamental del trabajo de Coetzee involucra los valores y la conducta resultante del Apartheid en su patria y desde su punto de vista, podrían surgir en cualquier lugar. ¿Podrían surgir en el México de la Narcocultura?¿Entre los enramados del tráfico de humanos que circulan por el mundo y tienen el centro del país como un corazón podrido en impunidad? ¿Podríamos amar al niño?

'Trabajar bajo la censura es como tener intimidad con alguien que no te ama'
John Maxwell Coetzee

De la censura nadie quiere escribir. Es como hablar del vacío, de lo injusto perpetrado en un disfraz del bien. De hecho, el mismo autor ha señalado que “Trabajar bajo la censura es como tener intimidad con alguien que no te ama, con el que no quieres tener intimidad,  pero que se aferra a ti. El censor es un lector intruso que forzó la puerta al proceso, al intercambio de escribir”. 

En su experiencia con la censura, narró cómo en la época en la que la tinta era la única forma de publicar sus textos tenían que llegar primero a Londres y después, de ese análisis ser devueltos a Sudáfrica. 9 mil 399,04 kilómetros separaban a los censores de la desolación de un país, pero tenían en sus manos las letras y el poder para cambiar a su antojo (un antojo que descansaba en el bien político).

Aunado a eso, aún en 1990 quedaban rastros de las legislaciones del Apartheid, que prohibía la publicación de un libro si no pasaba ciertos estándares establecidos por un comité anónimo.

“La verdad es que no existe el progreso cuando se trata de la censura: llevamos el impulso censor en lo más profundo de nosotros. Cuando se nos niega un objeto de deseo, encontramos otro. Cuanto más cambian las cosas, más iguales permanecen”. De pronto el fenómeno de la censura se volvió su objeto de deseo, y cómo no iba a volverse si tuvo oportunidad de leer los informes sobre sus libros, lo que habían escrito sobre su obra los censores del régimen.

No hace falta prohibir estos libros de J. M. Coetzee, decían sus censores, porque sólo serán leídos por personas dentro de la profesión literaria. Sobre “En Medio de Ninguna Parte”, comentaron: “será leído y disfrutado sólo por intelectuales”. Sobre “Esperando a los bárbaros”: “(...) carece de atractivo popular. Probablemente su público se limite en gran medida a la intelectualidad y la minoría entendida”.

Ellos se veían como una especie de héroes ignorados, llevando a cabo un trabajo sucio –después de todo, nadie quiere o admira a los censores– con el objetivo de proteger la literatura sudafricana de los políticos y los filisteos. (Si ganaban un dinero extra gracias a sus actividades, también lo hacían los reseñadores de libros, y ¿qué eran ellos sino reseñadores con poderes inusuales?).

‘No existe el progreso cuando se trata de la censura’
dijo el célebre Nobel de Literatura

Coetzee no paró de imaginar la vida de un censor e incluso mencionó que si tuvieran un santo patrono al cual encomendarse, sería el zar Nicolás I de Rusia, que encabezó la censura más represiva de toda Europa –creada para aislar a Rusia de las ideas subversivas extranjeras–, y sin embargo se ofreció como censor personal de Alexander Pushkin, no para asegurarse de que al poeta ruso más grande de su tiempo se le aplicaran los más rigurosos patrones, sino por el contrario para protegerlo de funcionarios ignorantes y sin imaginación y permitirle la mayor flexibilidad creativa dentro de la ley.

Igual que Nicolás, los hombres y mujeres a quienes llamó “sus” censores probablemente se hayan “considerado buenas personas trabajando en momentos históricos difíciles, sin reconocimiento ni agradecimiento; protegiendo por un lado un orden social frágil y extendiendo, por el otro, un ala rectora y protectora sobre el artista.”

El Nobel acepta “Yo fui tratado con indulgencia porque sólo un mínimo sector de la población me leería.” Sus obras fueron “protegidas” por los censores sudafricanos debido a tres razones: él era un afrikáner blanco, pertenecía al mismo estrato social de los censores (algunos de ellos novelistas también) y no era un autor popular, de modo que sus obras no eran de consumo masivo y no representaban un peligro.

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Extra.... 

Tener a un Premio Nobel a unos metros de distancia es una prueba incómoda para alguien como yo, que puede abrazar a un desconocido si lo ve triste en la calle. Ahora estar en el mismo metro cuadrado que uno de mis autores consentidos, me hizo desbordar una suerte de amor extraño. Y eso, que al buen Coetzee lo descubrí por sorpresa en Soriana. Más que por sorpresa, por coda.

El libro costaba veinte pesos, por un error, supongo. Ni siquiera me percaté de que el autor que tenía en mis manos era conocido como “la voz de África”, de hecho le dije a mi madre “Léelo, parece que estuviera describiendo Parras, o algún ejido de Saltillo, lo siento muy cercano”.

Supongo que por eso ha ganado tantos premios, porque retrata la desolación de nuestras adornadas vidas, con efectos devastadores para nuestras mundanas experiencias.

En sus falsas memorias (que no sabemos qué tanto es mentira y qué tanto sí pasó), una de sus amantes dice que no se imagina cómo un hombre tan pequeño pueda ser un gran escritor. Y sí, cuando lo vi en persona dije mira “es callado, tímido, inocente…” y me sorprendí de que fuera como alguien tan dulce describiera con palabras las llagas de una patria con parábolas.

Y entonces recordé de que las escenas más desgarradoras las leí de ese esbelto y bien vestido señor. También las más esperanzadoras. Coetzee escribe como habla. Lento, pausado, con una pronunciación precisa. Escucharlo fue hermoso y me reí sola, porque el mundo desapareció y estábamos solos. Cuando decía que a que santito se encomendaban los censores de su época, yo no podía dejar de pensar a qué santo le recé para que me permitiera conocerlo.

Cuando terminó su conferencia magistral, uno de los chicos ibero que estaban al lado mío, me decía que no podría pedirle un autógrafo, que le daba pena sostenerle la mirada, que le recordaría a su abuelo. A mí la verdad, eso de la vergüenza no se me da. Por eso ya me veía abrazada con el hombre, invitándolo al Santo Madero y pidiéndole un autógrafo hasta para mi abuela.Corrí como buena grupie, arribista a pedirle un autógrafo, su teléfono, que si se casaba conmigo. Cuando lo tuve de frente, en una tumultuosa salida, le dije ¿selfie?, please. Se río (en realidad hizo una mueca que quiero pensar era una sonrisa) y se dejó querer. Tengo su garabato y planeo ir a sacar algo de Elektra con su firma. O mejor, lo conservo en mi cajita de tesoros.