A unos días de que terminen las campañas políticas persiste la esperanza de que los candidatos logren tener un cierre pacífico, alejado de escándalos y 
guerra sucia.

Aunque el fin de semana anterior se realizaron los cierres de campaña más importantes para la mayor parte de los candidatos a uno de los puestos de elección popular actualmente en disputa, quienes aspiran a obtener nuestro voto en las urnas el próximo domingo aún tienen hasta pasado mañana miércoles para realizar actos de proselitismo.

A partir del jueves y hasta que comience el proceso de instalación de las casillas en todo el territorio estatal, candidatos y partidos deberán “guardar silencio” para permitir que los ciudadanos, sin la influencia de sus discursos y mensajes, podamos reflexionar sobre las ofertas que conocimos durante el período de campaña.

Como suele ocurrir a estas alturas y, sobre todo, a partir de la irrupción de las redes sociales en nuestras vidas, la “guerra” que se libra en el ciberespacio está cobrando intensidad y comienzan a circular todo tipo de historias “oscuras” relacionadas con los partidos, sus candidatos y sus personajes más prominentes.

Seguramente será la “política de lodazal” –como la bautizara Cuauhtémoc Cárdenas– la que prevalecerá en los días que nos separan del próximo domingo y lo que puede adelantarse desde ahora es que muy probablemente viviremos una semana dominada por los “escándalos”.

Nada nuevo por lo demás. Los integrantes de nuestra clase política se han esforzado por dejarnos claro que son incapaces de llevar adelante un proceso electoral dominado por el contraste de ideas y que la imaginación no les da para mucho más que atacarse de la manera menos creativa posible: exhibiéndose mutuamente los “trapos sucios”.

Valdrá la pena, desde luego, estar equivocados en el diagnóstico y atestiguar un cierre de campañas en el cual, quienes pretenden gobernarnos, hagan un esfuerzo por ir más allá de la “guerra de lodo” y consideren la idea de que los electores merecemos algo más que eso.

Por desgracia, la evidencia no da para ser optimistas: hasta ahora, cuando se ha consumido la práctica totalidad del tiempo que los candidatos y sus partidos tienen para hacer campaña, no se ha visto ninguna voluntad en estos para convertir al proceso electoral en algo más que una batalla de dardos envenenados lanzados en todas direcciones.

A los electores no toca ahora la ardua tarea de “bucear” en la guerra de descalificaciones para tratar de identificar las propuestas, contrastarlas y determinar quién merece nuestro voto. En este sentido, que las campañas estén por finalizar es, en realidad, una buena noticia.

Dispongámonos pues a atestiguar las últimas horas de la batalla y luego hagamos un esfuerzo para encontrar, en la montaña de basura en la cual suelen terminar convertidas las campañas en México, suficiente aliciente como para cumplir con nuestra parte: acudir el próximo domingo a las urnas y plasmar nuestra opinión en la boleta.