La solución para detener este problema es sencilla: nadie fabricará noticias falsas si no existe un público ávido de consumirlas

Una de las traducciones indeseables de la irrupción de las redes sociales en la vida moderna es la facilidad con la cual cualquier persona puede “crear noticias” y difundirlas, con el propósito de beneficiar o perjudicar determinados intereses. El hecho afecta prácticamente cualquier aspecto de nuestra vida colectiva, pero resulta particularmente sensible cuando se analizan sus efectos en la trinchera política.

Las contiendas electorales han sido desde siempre, justo es decirlo, el caldo de cultivo idóneo para la fabricación y propagación de noticias falsas o, por lo menos, de información de dudosa calidad. No estamos, pues, ante ninguna novedad en sentido estricto.

Lo que sí es nuevo es la facilidad y la velocidad con la cual las noticias falsas se propagan y los efectos que pueden llegar a producir si un número importante de personas termina por suscribirse a ellas y las utiliza para tomar decisiones relevantes. Como votar, por ejemplo.

Nunca como ahora, la puesta en circulación de “noticias” que no han sido elaboradas a partir del mínimo rigor que demandan las reglas del periodismo se ha convertido en un tema al cual debemos voltear a ver con preocupación y sobre el cual deberíamos formularnos algunas preguntas.
La primera de ellas es si todos somos corresponsables de la construcción de la realidad y, por ende, se encuentra en nuestras manos la posibilidad de impedir, a quienes fabrican noticias falsas, el utilizarnos para la conquista de sus intereses particulares o facciosos.

La segunda es si estamos obligados a hacer algo respecto de la proliferación de informaciones que sólo buscan enturbiar el ambiente con datos que, debido a su falsedad, tendrían que ser condenados sin contemplaciones al basurero –el físico y el virtual.

En ambos casos la respuesta a las interrogantes resulta susceptible de construirse con elementos del sentido común: si los intereses detrás de las noticias falsas son adversos al interés colectivo, tendríamos que hacer algo para evitar que se salgan con la suya.

Resulta difícil encontrar argumentos a favor de las noticias falsas. Quienes las construyen y propagan difícilmente pueden ser caracterizados como individuos preocupados por la construcción de una sociedad democrática en la que todos tengamos igualdad de oportunidades y la riqueza colectiva se distribuya de forma menos desigual.

No existe un modelo de sociedad que tienda hacia el ideal antes descrito que haya sido construido con base en la mentira. Por esa sola razón, quienes formamos parte de comunidades que aspiran a la democracia no podemos sino declararnos en pie de lucha contra las noticias falsas.

Sin duda resultaría ingenuo proponer que su fabricación y propagación se detenga mediante la emisión de leyes que castiguen a sus autores. La solución es mucho más sencilla: nadie fabricará noticias falsas si no existe un público ávido de consumirlas. En otras palabras, los fabricantes de noticias falsas seguirán teniendo éxito mientras nosotros sigamos propagándolas.