Para los que creen que el actual gobierno es bueno, o regular, o igual de malo que los anteriores, la de 2018 es una elección más. Para aquellos que estamos convencidos de que el priismo le está haciendo mucho daño a México porque está restaurando el autoritarismo del siglo pasado -control del presidente sobre los gobernadores, la Corte, el Congreso y los medios, manipulación electoral, corrupción rampante por falta de contrapesos-, sacar al PRI de la Presidencia de la República el año próximo es un imperativo de salvación democrática. Supongo que quienes se han enriquecido gracias al priñanietismo o algunos de los que han recibido dádivas de programas sociales o campañas electorales pueden asumir que el país va bien o que no se ha hundido más en este sexenio que en los dos anteriores; y sé que hay quienes no han sufrido mayores perjuicios y no se han percatado de que en los últimos cinco años nuestra de por sí precaria democracia ha trocado en una cleptocracia presidencialista porque, además, la restauración se ha realizado a la usanza del priismo mexiquense, sin hacer ruido y cooptando a quienes pueden hacerlo. Pero lo que esas personas ven es un reducido fragmento de la realidad nacional o, de plano, un espejismo.

Cierto, a una parte del México conectado a la globalidad no le ha ido nada mal. Por un lado, existe relativa salud macroeconómica; por otro, el grupo gobernante y sus constructoras favoritas, mexicanas y extranjeras, han hecho enormes fortunas, mientras la apertura energética ha generado negocios y corruptelas que salpican dinero a diestra y siniestra. El problema es que el resto del país vive entre la incertidumbre microeconómica y el miedo a la inseguridad, y que la corrupción, que antes mantenía un paradójico equilibrio como gran concentradora de la riqueza de los de arriba y pequeña redistribuidora del ingreso de los de abajo, ahora exacerba la desigualdad merced a la voracidad del gobierno federal y de muchos gobiernos estatales. ¿Cómo se puede decir que México avanza si la pobreza ha crecido y la miseria zahiere a millones de mexicanos, si la violencia criminal, el enojo social y la represión del Estado se han entreverado en una mezcla explosiva, mientras la aberrante táctica para enfrentar al crimen organizado ha convertido al país en un almácigo de desaparecidos y en una gigantesca fosa de asesinados?

Yo no encuentro en el México de hoy otra explicación al optimismo que el privilegio o la desinformación. Y es que pienso que vivimos tiempos de gravedad excepcional, que estamos inmersos en una regresión autoritaria que nos tiene al borde de un abismo más profundo que el de ayer. Y el hecho de que esa regresión no sea evidente para todos la hace más peligrosa. Por todo ello sostengo que es obligación de las y los demócratas mexicanos construir una alianza de oposición tan amplia como sea posible para derrotar al PRI y a su protuberancia verde en 2018. Por cierto, en esa alianza no debe haber cabida para “sectores” priistas. Lo digo porque, movido por su instinto de supervivencia, el priismo ha entrado en una suerte de mitosis y algunos de sus presuntos desprendimientos buscan acuerdos con partidos opositores para integrarse a un eventual gobierno de coalición. Cuidado. Una cosa es reclutar a cuadros rescatables y muy otra asociarse con liderazgos que arrastran caudas autocráticas y corruptas. Esta vez no es necesario un cisma priista para avanzar en la transición; un Frente Amplio Democrático puede ganar sin pedirle prestado a un PRI que, ante la probabilidad de la derrota, busca subterfugios para mantenerse en el poder. El priismo, el del rostro restaurador y el de la máscara reformista, ha de salir del gobierno. 

México está mal, muy mal. Corre el riesgo de un estallido social. Quien crea que exagero asómese a las zonas donde la delincuencia tiene sustento comunitario y a las regiones de mayor marginación. No, el PRI no inventó la corrupción y el autoritarismo, pero sí los sistematizó y los está remasterizando. Hay corruptelas y pulsiones de dominio clientelar en todos los partidos, pero no están en su ADN, como sí lo están en el del régimen priista que nos atenaza silenciosamente. Es el escorpión de la fábula, y la rana es nuestra sociedad. ¿Por qué lo cargamos en nuestro lomo para impedir que se ahogue? Quitémonoslo de encima, retomemos nuestra transición. 
Hagámoslo antes de que sea demasiado tarde. 

@abasave