Ái le va otra de mi barrio.

Pero le advierto que la siguiente crónica contiene escenas fuertes, no aptas para menores de edad, moralistas ni cardiacos.

Resulta que en una de las esquinas de mi barrio, hace como unos siete u ochos años, llegó a instalarse una de las llamadas tienditas.

Sí hombre, una de esas casas sórdidas donde se expendían todo tipo de drogas.
Y mi padre, que en gloria esté, tenía también otra tiendita, pero no de aquellas, sino de abarrotes, no sea mal pensado.

Resulta que una noche que estaba yo despachando, acompañado por un amigo, entró a comprar una linda y escultural muchacha, rubiecita ella, con una carita de capullo de rosa y unas curvas, que hasta los perros callejeros del barrio la saludaron.

Recuerdo entonces que los viciosos que iban por mugrero al barrio, llegaban primero a la tienda de mi padre a comprar refrescos de lata con los que, supe después, hacían la pipas para inhalar la cocaína.

De veras que me quedé bien picas con aquella chica y de reojo vi cómo mi amigo se reía con una sonrisa entre inocente y maliciosa.

La chica se había llevado también un refresco de lata.

Cuando la mujer iba saliendo de la tienda contoneando sus hermosas, poderosas nalgas, antes de que yo pudiera abrir la boca mi amigo me cortó de golpe la inspiración:
“Es hombre”, me dijo y me quedé, ahora sí, con la boca abierta de la impresión.

Entonces mi amigo me contó una historia, que a su vez alguien le contó a él.

Pues nada, que un día el gay aquel llegó a la tiendita de drogas, pero como no tenía dinero para comprar ofreció pagar con cuerpomatic al tendero, un muchacho jovencito, de esos que solía reclutar el narco para sus negocios.

El chavalo, pensando que se trataba de una hermosa niña, aceptó, le dio unas grapas de cocaína al gay, cerró el narcochangarro y ambos se fueron a un cuarto de atrás.
Sin más ni más el homosexual se volteó de espaldas, se bajó los pantalones y...

El tendero se quedó petrificado.

“Eitale, por ái no es”, le dijo y el gay, que sí, que a él así le gustaba y el tendero que no, que era contranatura y que a él le gustaba normalito, como lo hace un hombre y una mujer.
Y se enfrascaron en una discusión sobre sexo y buenas costumbres.

El gay permanecía de espaldas, agachado, sin dar la cara.

Hasta de tanto se cansó de estar hablando con el terco narcotendero, se incorporó y se puso frente a él, todavía con los pantalones abajo.

Cuando el tendero vio lo que el marchante se traía entre piernas, casi se desmaya.

Que se fuera a la la ching..., le dijo, pero que antes le devolviera la mercancía, las grapas de coca que le había dado.

Y el gay que no, que ni modo, que  ya se las había dado y que el que da y quita con el diablo se desquita y en la puerta del infierno le sale su jorobita.

Hasta que el tendero estalló: “que me las devuelva hijo de su pinch... madre, si no lo mando levantar y lo desparezco”.

Santo remedio, el gay le devolvió las grapas, se subió el pantalón y salió muy acongojado.

Y esa aventura pasó a la historia para el negro anecdotario de mi barrio, allá cuando andaba recio la malandrada.