Tomada de Internet
La imagen paterna es importante en todos, pero en el caso de estos escritores, músicos y cineastas, el padre resultó determinante en su proceso creativo.

Para muchos artistas la presencia del padre, su sombra o su fantasma —como lo ve Hamlet en el drama de Shakespeare—, resultó no sólo determinante en su vida, sino que llegó a marcar visiblemente y en definitiva su obra.

Franz Kafka. El caso de Franz Kafka es uno de los más conocidos gracias a su célebre Carta al Padre, donde luego de una infancia y adolescencia de opresión y silencio, por fin pudo externar a su progenitor sus reclamos, su insatisfacción, la amargura y el aislamiento a los cuales lo sometió.

“Tú sólo puedes tratar a un niño de la misma manera con que estás hecho, con fuerza, ruido e iracundia, y esto te parecía además muy adecuado”, escribe Franz.

Por una gran paradoja de la vida, el silenciamiento de la personalidad de Franz por parte de su padre, y el consecuente retraimiento del hijo atormentado, generaron en el escritor una de las obras literarias más importantes del siglo XX.

Juan Rulfo. En la literatura mexicana, el padre también tiene una importancia capital si recordamos el inicio de la novela más trascendente de nuestras letras en el siglo XX: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”. Párrafo convertido en epítome de la búsqueda del padre en una sociedad donde hoy el progenitor está ausente en 4 de cada 10 hogares (Inegi, 2010). Cuando tenía apenas 6 años, el niño Juan Rulfo perdió a su padre asesinado. Cuatro años después perdió a su madre, pasó luego a vivir con su abuela y luego fue a dar a un orfanato. “Todos somos hijos de Pedro Páramo”, le dicen las voces a Juan Preciado, protagonista de la novela.

Ricardo Garibay. Un caso extraordinario es el del escritor hidalguense Ricardo Garibay (Tulancingo, 1923-Cuarnavaca, 1999). El niño Ricardo vivió una infancia de opresión y autoritarismo inigualables por parte de su padre. Los recuerdos plasmados por Garibay en sus libros son tan contundentes como los castigos y las palizas inclementes que solía darle su progenitor desde que el niño tuvo memoria. La infancia de Garibay tuvo esa faceta áspera y violenta, la del niño aterrorizado por la presencia del papá violento.

Ya mayor, a principios de los años cincuenta, Garibay ingresó al Centro Mexicano de Escritores junto a Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros escritores. Ahí escribió, sin éxito ni repercusión, la novela ‘Mazamitla’. Cayó entonces en un mutismo y una incapacidad para escribir sólo explicable por la profunda y confesada neurosis que lo torturó por 10 años. El aspirante a escritor tuvo que vivir entonces como guionista de cine, periodista y burócrata sin lograr la escritura literaria.

En 1962 el padre de Garibay enfermó gravemente y, ya viejo, pasó una agonía de semanas hasta su final fallecimiento. El hijo Ricardo estuvo ahí todo ese tiempo y fue llevando un diario de la extinción paterna. Por otra de las aleccionadoras paradojas de la vida, ese diario lo publicó en 1964 bajo el título 'Beber un cáliz'. El volumen recibió excelentes críticas y obtuvo el premio Mazatlán de Literatura. Ricardo Garibay por fin era ya un escritor, aunque le hubiera costado un intenso sufrimiento.

Ingmar Bergman. El celebrado director de cine, considerado uno de los cineastas más importantes del siglo XX también tuvo un padre riguroso, autoritario, pastor luterano. En sus películas más trascendentes (El séptimo sello o Fanny y Alexander) plasmó esa relación con el padre o bien un retrato de su progenitor sobrepuesto a alguno de sus personajes.

“Casi toda nuestra educación estuvo basada en conceptos como pecado, confesión, castigo, perdón y misericordia, factores concretos en las relaciones entre padres e hijos, y con Dios. Los castigos eran algo completamente natural, algo que jamás se cuestionaba. A veces eran rápidos y sencillos como bofetadas y azotes en el trasero, pero también podían adoptar formas muy sofisticadas, perfeccionadas a lo largo de generaciones”, escribió el cineasta.

La última a cinta escrita por él, Las mejores intenciones, aunque ya no pudo dirigirla, es el retrato de sus padres, Erik y Karin, desde su encuentro hasta su propia concepción en 1918.

Johann Strauss hijo. Fue junto con sus hermanos compositores Josef y Eduard, hijo del compositor Johan Strauss. Pero el padre, compositor romántico de la corte austriaca, siempre quiso impedir que su hijo se dedicara a la música. Johann recordaría luego “una desagradable y violenta escena” cuando su padre le dijo que “no quería saber nada de sus planes musicales”.

El padre argumento que era “para evitarle la dura vida del compositor”, aunque resultaba obvio que también había celos profesionales y temor  a la competencia.

El único familiar que le prestó su apoyo fue su madre. Strauss padre abandonó a la familia y cuando Johann tenía 17 años y había decidido concentrarse plenamente en la carrera de compositor con la ayuda de su madre. Pero las influencias cortesanas del padre le bloquearon una y otra vez el camino. A la rivalidad creativa se añadió el enfrentamiento político, cuando en 1848 el hijo apoyó a los revolucionarios que asolaron Viena en la llamada “revolución burguesa”.

Posteriormente, y de nuevo como paradoja, el hijo Johann adquirió más fama y es más reconocido por haber innovado el vals de su tiempo con obras como El Danubio azul y Aceleraciones, además de sus operetas y el ballet Cenicienta.

Sofia Coppola. Para terminar con una historia feliz, veamos cómo un padre ayuda a su hija a convertirse en cineasta. Tras debutar como actriz casi recién nacida en El Padrino, y ganarse abucheos casi universales en El Padrino III, la hija Francis se propuso demostrar su talento. De este modo, Sofia (que se había estrenado como guionista a los 19 años, escribiendo el fragmento de su padre en Historias de Nueva York), se ganó aclamaciones con su primer largometraje, Las vírgenes suicidas, un Oscar al Mejor Guion con su segunda cinta Lost In Translation… Y un clamoroso abucheo en Cannes con su tercer filme Maria Antonieta.

Su filme Somewhere tuvo una fría acogida y ahora trabaja en The Bling Ring. Sofia prueba cómo a veces el padre puede facilitar la carrera del hijo o la hija, pero también cómo los espectadores se vuelven más demandantes con alguien proveniente de una familia de gran tradición y éxito cinematográfico.

Como se ve y tal cual escribió Tolstoi al inicio de su novela Ana Karenina: “Todas las familias felices son iguales, pero las infelices lo son cada una a su manera”.