Artemio, uno de los artistas cuya obra más aprecio a causa de su intrigante desparpajo y a su belicoso sentido del humor ha creado una instalación en el interior del MUCA (Museo Universitario de Ciencias y Artes). La instalación está formada por 394 cajas de distintas tonalidades y que enmarcan una palabra o frase compuesta con letras tomadas de la tradicional sopa de pasta (sopa de letras). Me aproximo a una de estas cajas de madera y a través de la superficie de cristal leo: "Los adultos son como niños con el cerebro dañado". Sonrío, no hay nada que discernir: un cometa proveniente del lenguaje ha pasado ante mis ojos y me sorprende, una vez más. Doy unos pasos dentro del amplio e iluminado espacio de la sala donde las cajas ocupan su perímetro completo, y la perspectiva y el tono de los colores cambian según la posición del espectador (la sala está iluminada por la luz del día que penetra por los vitrales del techo). Y leo: "Se asfixió con las palabras que nunca dijo". Entonces recuerdo a mi madre y su silencio, divago en el pasado durante segundos inmemoriales, y vuelvo a la instalación y a otra caja cuyas letras de sopa dicen: "Es indispensable que me vuelva universal"; en ese momento mi sonrisa se convierte en risa abierta y me imagino a un dictador indefenso o a un simpático alucinado hablándose a sí mismo: ¿qué reacción, recuerdo o imagen despertarán estas palabras en "otra" persona? No tengo la menor idea. Las únicas personas que considero son aquellas que todavía representan un misterio para mí: el resto son paisaje predecible, aunque respetable. "Es indispensable que me vuelva universal" podría ser una consigna del movimiento dadaísta y Tristan Tzara se sentiría cómodo escribiéndola y pronunciándola. Decido entonces hurgar entre las oraciones, sentencias, epitafios o aforismos con el propósito de encontrar a algún autor o cita conocidos; imposible, acaso una referencia involuntaria a John Cage: "Nosotros ya no estamos", o a Pessoa: "Para comprender me destruí". El instalador ha tomado esta última oración del tatuaje que lleva en el brazo una amiga querida. Pese a ser un lector atento, Artemio se ha decantado por el murmullo, el epifenómeno o la iluminación momentánea: sus oídos son cazadores, su curiosidad es la de un centinela y su experiencia de la batalla nocturna es innegable. Ahora estoy frente a una súplica: "El mundo es muy grande, concéntrate en mí"; y enseguida: "Lo beso para no morderlo". De la sentencia paradójica se pasa al dislate pasional, a la bravata sentimental y callejera. Bien decía Remy de Gourmont que lo que tornaba molesta o chocante a una opinión es que ésta se convirtiera en convicción. Para nuestra fortuna la convicción o firme opinión se hallan exiliadas de esta instalación y de su sentido evidentemente lúdico e introspectivo: parodia, fiesta y juego de la misma lengua: si las palabras no tienen vida no son palabras. Vienen a mi mente los conceptos de gravedad y gracia y su relación con el lenguaje. La gravedad es pura fuerza, atracción hacia un centro que tarde o temprano desaparecerá; la gracia es la levedad y el espíritu de las palabras, su baile en la superficie. No en vano las diminutas letras que juegan y se acomodan dentro de la "inmensidad" de cada caja pasan de la afirmación reflexiva: "La memoria es anarquista", a la acusación subjetiva y siempre lúdica: "Soy el peor personaje de mi historia", o a la boutade confesional y sin consecuencias mayores: "No soy una hipótesis creíble."

Conocemos el famoso aforismo de Mallarme el cual reza que los poemas no se construyen con ideas, sino con palabras. Y también la opinión de Georg Steiner acerca de que la literatura es "lenguaje puro sin la liberación de informar." En la reciente instalación de Artemio y que lleva por título: "Los que mueren son los otros" (en alusión a Marcel Duchamp), la materia, la forma, el color y las palabras son lenguaje que no informa, sino que explota y se contrae, intimida y desaparece, es efímero y también deja huella en el lector espectador. No sólo vemos: leemos y vemos, y en esta transmutación del espectador que es rehén de sus emociones primarias, de su mirada primitiva e indefensa, se establece una relación con el lenguaje humano, con sus contradicciones y su capacidad de sorprender y construir preguntas anómalas, humildes e imposibles de responder: "¿No sé qué estábamos pensando en aquella época?"

No quiero terminar este escrito sin mencionar algunas virtudes o características sobresalientes de "Los que mueren son los otros." Una de ellas es la relación plástica entre los objetos exhibidos y el espacio del MUCA: letra, objeto, forma y universo. La selección de palabras, aforismos, frases o exclamaciones que no provienen de algún libro célebre o de un escritor notable, sino que son consecuencia de la caminata alerta, del azar que le murmura al oído, de la vivencia y la experiencia subjetiva del artista: no hay moral trascendente y sí universo en movimiento y expansión. Después de que los filósofos consumieron un siglo concentrados en el análisis lingüístico, la teoría del lenguaje y en la especulación respecto al significado, su interpretación y su diseminación— desde Wittgenstein hasta Chomsky o Austin, por ejemplo—, Artemio reúne las piezas de ese universo diseminado y crea una obra para sentirse en casa, una expresión aislada de la reflexión trascendental del sentido. Cuántos artistas y críticos nos atiborran de palabras y explicaciones fatuas y vacías: ocurrencias disfrazadas de solemnidad. Artemio, en cambio, parte del vacío, misterio y juego para hacer valer la literatura desde una posición totalmente inédita: el azoro, la emoción y desconcierto que un aforismo puede causar en el pensamiento complejo. No tengo espacio para detenerme en el quehacer de Bárbara Kruger, Joseph Kosuth, Jenny Holzer, y algunos otros más jóvenes y que también han utilizado el lenguaje articulado en la edificación de su obra. O de escritores como Apollinaire o Irvine Welsh que han recurrido a las palabras para dibujar en la página del libro. El caso de Artemio y su última instalación es una excepción en el arte actual; y hoy que los escritores se encuentran tan alejados —como desconfiados— del llamado arte contemporáneo tienen aquí una oportunidad para ser huéspedes de otro mundo que es y no es el suyo.