Los hechos de este fin de semana en Reynosa vuelven a mostrarnos que la delincuencia sigue allí, que no está dispuesta a renunciar fácilmente a sus intereses

Se ha dicho en múltiples ocasiones y en diversos tonos, pero habrá que repetirlo nuevamente: en la lucha contra el crimen organizado, la victoria del Estado —el único desenlace aceptable de esta historia— no se dará por decreto ni a base de discursos.

Por ello, “cantar victoria” y festejar de forma ruidosa los avances que ciertamente se han tenido en este proceso no es una buena idea. Las instituciones públicas han mejorado su posición respecto de la que tenían hace unos pocos años, pero el enemigo sigue estando al acecho y parece tener fuerzas para mantener su actitud desafiante.

Una prueba más —la enésima en esta historia— la tuvimos el pasado fin de semana cuando, en la fronteriza ciudad de Reynosa, reaparecieron los episodios de confrontación callejera entre fuerzas del orden y miembros de grupos delincuenciales.

Los reportes conocidos hasta el cierre de esta edición hablan de un episodio exactamente igual que muchos de los padecidos por los habitantes de nuestras ciudades en el pasado cercano: bloqueo de calles, robo de vehículos a particulares, incendio de unidades de transporte y cruce de disparos entre criminales, militares y policías.

El saldo es negativo para la delincuencia, según se ha reportado, pues todas las bajas mortales se dieron de su lado. Pero existe otro saldo relevante en el que siempre pierde la sociedad: el de la vuelta a la intranquilidad y a la zozobra de no saber en qué momento uno se convertirá en parte de las estadísticas funestas de este negro episodio de nuestra historia.

Los hechos de este fin de semana en Reynosa vuelven a mostrarnos que la delincuencia sigue allí, que no está dispuesta a renunciar fácilmente a sus intereses y que mantiene la posición de abierto desafío en contra de las instituciones del Estado.

Quienes laboran en las instituciones de seguridad tienen la obligación de mantener la posición y de combatir a los delincuentes. No pueden retroceder ni abandonar el terreno dejándonos en manos de la criminalidad.

Pero lo que sí deben hacer es revisar su estrategia, replantearla en aquello que no está ofreciendo resultados adecuados y enfocar sus baterías en la recuperación de la paz en nuestras calles.

Porque la vuelta a los enfrentamientos callejeros lo que demuestra es una sola cosa: algo no está funcionando bien y la aparente derrota de los grupos delictivos no es más que un repliegue momentáneo durante el cual se reagrupan y fortalecen para intentar nuevamente la derrota de las instituciones públicas.

Algo saben los grupos delictivos que no les importa insistir en el desafío pese al reordenamiento que las instituciones de seguridad han realizado de sus estructuras en los últimos años. Algo saben que consideran seguir en la misma posición y estar incluso en ventaja.

Y frente a eso, las instituciones públicas tienen sólo un camino al frente: demostrar con acciones contundentes que la criminalidad se equivoca y que el terreno recuperado no volverá a manos de la criminalidad nunca más.