“… Cantando la cigarra pasó el verano entero…”.

La hormiga, en cambio, trabajó todo el tiempo sin descanso. Miento: de vez en cuando suspendía su labor y se ponía a oír la canción de la cigarra. Eso la animaba y le permitía volver al trabajo con renovadas fuerzas.
Cuando llegó el invierno la cigarra tuvo hambre. Fue con la hormiga, que tenía colmados sus graneros, y le pidió un poco de comida. La hormiga se la negó. Le dijo:
–No trabajé para que tú pudieras cantar.
–Qué pena –respondió, triste, la cigarra–. Yo canté para que tú pudieras trabajar.
No me gustan las moralejas. Son cosa de moralistas, y yo no pertenezco a esa ralea. Pero del anterior relato derivo una conclusión: si trabajamos sólo para ganar el pan, sin pensar en el bien de los demás, nuestro trabajo no tendrá sentido; será una mera esclavitud.

¡Hasta mañana!...